Irresponsabilidad temeraria

23 Jun

Irresponsabilidad temeraria

Los mejores profesionales, sean médicos, ingenieros, periodistas, expertos en tecnología, empresarios, investigadores, etc., se caracterizan por su permanente puesta al día. Saben que, si no estudian y se renuevan, la obsolescencia les aqueja dejándolos en fuera de juego.

Hay otros oficios o actividades que están menos dispuestos a lo ignoto. La Universidad, y lo digo con pesar, recinto del saber y del aprendizaje, muestra una pereza y atonía contraproducentes. Probablemente, la política ofrezca la brecha más dramática entre realidad y respuesta. Las ideologías se pegan a la piel impidiendo que broten espontáneos aires de cambio y transformación. Un ejemplo. La ONU se constituye en 1945 para el viejo mundo que nace después de la Segunda Guerra Mundial. El planeta, 65 años después, poco se parece al de entonces, pero la gigantesca maquinaria de Naciones Unidas sigue funcionando con sus mismos órganos y procedimientos. Leyes caducas y mentalidades amortizadas son un profundo y oscuro pozo donde muere el futuro. A este respecto, la CEOE y los sindicatos están alcanzando cimas delirantes.

Encerrados en una visión paleolítica y antagónica de la empresa, se burocratizan y autojustifican de espaldas a una sociedad que quiere, puede y debe ir a otro ritmo. Lo de estas últimas semanas es de traca. Negocian un acuerdo sobre la reforma laboral como si se pudieran permitir el lujo de no alcanzarlo. El país camino de la suspensión de pagos, financiándose en el exterior a tipos de interés cada vez más altos, España ya no es una marca fiable, y ahí siguen, buscando un consenso de mínimos urdido por la desconfianza y el descrédito.

La convocatoria y amenaza de huelga general –¡que viene el coco, como en la infancia!– si no fuera una grave irresponsabilidad, es para echarse a reír. ¿A quién defienden y representan tan apasionadamente los sindicatos? ¿A los casi 5 millones de parados, víctimas de un modelo laboral periclitado? ¿A los profesionales que con cuarenta y pico años se tienen que reinventar como autónomos, enfrentados a un mercado que te encajona en años y funciones que no volverán?¿ A la pequeña y mediana empresa, pulmón valeroso y abandonado? ¿A los emprendedores que se resisten a dimitir de sus sueños y pugnan por despegar? ¿A los funcionarios que saben que el patio no está para bollos? ¿A los jóvenes, condenados a la explotación de su tierna mano de obra, olvidados en el vetusto colchón familiar, única red que los sostiene?

Siguen aferrados a sus símbolos y tradiciones, rindiendo pleitesía y devoción a sus particulares santos, despotricando como adolescentes de papá Estado mientras éste, solicito y complaciente, les da la paga de la semana. Es de risa, no nos queremos enterar. El país está en la UVI y aquí seguimos discutiendo mientras el enfermo luce cada vez peor. Si algo te quita la crisis, es tiempo, y es justo lo que no tenemos. En una economía global e interdependiente, dígale a quienes te prestan y financian tus alegrías que sigan esperando, que tengan paciencia. Ya, ya, muchos no conocen las reglas del juego. Vivimos de prestado y, ahí fuera, le han visto las orejas al lobo, exigen nuevas garantías.

Digo todo esto sin renunciar un ápice a mi ideal de empresa humanista consagrada a la noble tarea de generar riqueza, desde el talento y la creatividad, y distribuirla con criterios de justicia y solidaridad. Para que esa empresa sea sensible a los valores y necesidades de sus gentes, deberá ser productiva, ágil, independiente, eficiente, sobria, rentable, flexible y libre, y si no, no será. Murió por mastodóntica, burocrática, lenta y politizada, rezará su certificado de defunción.

Y, a todas estas, un Gobierno autista y diletante desiste de coger el timón y poner el país rumbo a otros horizontes menos borrascosos. También es verdad que el capitán del barco no hizo ni caso de los pronósticos meteorológicos que anunciaban tormenta y, ahora, en pleno huracán, sigue pensando que escampará. Un consejo. Respire hondo, mantenga la calma, póngase el chaleco salvavidas, observe dónde están los botes y, cuando toque darse un chapuzón, dé con energía sus mejores brazadas. La costa espera despejada.

Por: Santiago Álvarez de Mon, profesor del IESE
Fuente: Expansión

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